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17/12/13

EN URGENCIAS

        Era el cumple del abuelo y ahí andábamos todos tan contentos celebrándolo. Le habíais ayudado a apagar las velas y le habíais cantado el "cumpleaños feliz". Le distéis su regalo y todos (mayores y pequeños) andábamos tan contentos comiendo tarta y haciendo fiestas al nuevo miembro de la familia que también se llama como el abuelo.
        Fue entonces cuando comentó que llevaba todo el día con una extraña opresión/dolor en el pecho. Lo dijo como el que no dice nada, así, como expresando que ya es un poquito viejo.
       Su hijo mayor, que es médico como sabéis, enseguida empezó a preguntarle cosas de médico: que si es cuando haces esfuerzos, que si es continuo, que si es......
       En ese momento se terminó la fiesta. El hijo médico determinó que, dada la edad del abuelo y sus condiciones, tenía que hacerse un electrocardiograma, ya, para evitar un susto mayor.
      Y dada la hora y que los abuelos no viven en vuestra ciudad había que ir directamente al servicio de urgencias de un hospital.
   
  
      Afortunadamente las pruebas del abuelo salieron requetebien y, en principio (eso dijeron los médicos que allí estaban) no parecía asunto de importancia peeero......tenía que quedarse unas horas en observación y repetir las pruebas cada 6 horas.
    Los abuelos, ya tranquilos por el diagnóstico inicial, se quedaron toda la noche en aquel hospital en el servicio de Urgencias.
   
     Queridos nietos, es en un lugar como ese donde, de verdad, te das cuenta de como la vida puede cambiar en un instante, de que fácil es morirse y de cuanta gente anónima intenta que eso no suceda y que, si tiene que suceder, sea de la forma mas digna y menos dolorosa posible.
   A lo largo de esas quince horas pasaron por allí muchas personas. 

     Hubo una abuelita como la bis, que se había caído y tenía rota la cadera. Todo el tiempo quería marcharse a su casa y la hija que la acompañaba contaba a la abuela que la casa de la que hablaba su madre era, en realidad, la de cuando la enferma era joven. Una casa que describía como "la de la playa, tengo que irme porque está esperándome mi novio". 

    Hubo también una mujer de mediana edad. A la abuela le llamó la atención que era muy guapa. Estaba sola y la tenían atada a la cama. Había intentado suicidarse. Al principio estaba muy enfadada porque la hubieran llevado allí. Luego con la medicación y las conversaciones con el médico psiquiatra se le fue pasando el enfado y terminó llorando porque, decía, no quiero vivir así, sola.

  A medianoche ingresaron a un señor que, relataba su acompañante, al volver de trabajar empezó a ver todo doble. Había sufrido un, afortunadamente, pequeño infarto cerebral. Era un empresario. En cuanto fue diagnosticado y estabilizado, mientras esperaba que le subieran a la planta de neuro, se dedicó a hacer mil llamadas por el móvil para organizar sus negocios dado que iba a estar ingresado por un tiempo. 

  Había enfermos que lloraban de dolor y otros que, ni siquiera, tenían ya fuerzas para poder llorar. Y, sobre todo, había un equipo de médicos y enfermeras que no dejaban de ir de un box a otro para paliar ese dolor y para organizar las pruebas médicas de cada enfermo, y de tomar decisiones. Con lo difícil que es tomar una decisión ellos tenían que tomarlas con premura: una placa para este, transfusión para el otro, que baje el cardiólogo, este enfermo directo a cirujía, 60 de no se qué al de la 3, gasometría a la de la 7....

  
Por fortuna lo del abuelo se quedó en el susto pero a la abuela esas 15 horas vividas en Urgencias le han servido para valorar a todos esos médicos y enfermeras que cada día pelean allí.

Y para saber como puede cambiar la vida en unos segundos.
   
 

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